Crash and Burn (III)

Otra semana más viendo el mundo desde la barrera. Y si, a pesar de que todo el mundo lo repite constantemente, no sabía cuanto apreciaba usar mis dos piernas para ir al trabajo, dar un paseo o simplemente, pasar por el supermercado a comprar algo. Lo que ocurre cuando uno está impedido de alguna forma es algo paradójico: por una parte, entre más tiempo pasa, hay más confianza y más «atrevimiento» para hacer cosas (es un triunfo poder lavar los platos o cocinar algo medianamente complicado, que implique un poco más de trabajo que abrir una lata, que también es difícil), pero por otra, pesa cada vez más el hecho de no poder valerse por sí mismo…

Y es que eso de tener tanto tiempo «libre» de repente no es tan fácil de manejar. Somos animales de costumbres, y cuando vemos que algunos o todos nuestros hábitos cambian, el mundo se nos pone patas arriba hasta que nos adaptamos a la nueva realidad. Ha sido un ejercicio esencialmente de paciencia casi infinita, de tomarse las cosas con calma y ser más conciente que nunca de las limitaciones. Ahora no corro tanto cuando suena el teléfono, más que por las razones obvias (y un golpe en la boca al tratar de no perder el equilibrio un dia que me levanté rápidamente a contestar…), porque voy aprendiendo que el estar bien, sin problemas de salud o mentales importantes, es un privilegio que rara vez había tenido en cuenta, y me gusta apreciarlo.

El tener tiempo para uno mismo puede ser algo terrorífico. Creo que nos acostumbramos sin darnos cuenta a poner toda nuestra energía vital en lo que hacemos, sin dejar espacio para «encontrarnos» o saber qué es realmente lo que nos motiva o nos hace felices. También he pensado en que, como casi todo el mundo, en cuanto superamos el obstáculo o problema, todos los buenos propósitos que hicimos cuando estábamos mal se pierden en la distancia. No diré públicamente que «esta experiencia ha cambiado mi vida y voy a vivir de otra manera de ahora en adelante», porque sé perfectamente que no será así, aunque como decía antes, ciertas lecciones no se olvidan tan fácilmente.

Creo en los cambios sutiles, porque los radicales normalmente no duran, básicamente porque son el resultado de un «cambio de dirección» brusco para evitar una catástrofe inminente. Además, las cosas que se enseñan de manera amable suelen ser mejor recordadas que las que se aprenden «a las patadas», como decimos en mi tierra.

Ya sólo quedan algo más de dos semanas para saber si puedo deshacerme de la férula y comenzar la rehabilitación. Me he hecho a la idea de que las muletas me acompañarán durante otra temporada, con los consiguientes dolores de muñeca, palmas y demás… Y si, estoy contando los dias, aunque algunos digan que es algo obsesivo. Nunca es demasiado pronto para volver a la vida «normal»…