The Legend
He pasado la mayoría de las últimas tres semanas dándole vueltas a una idea: cómo expresar algo que es a todas luces inexpresable e inexplicable. De un momento a otro, la vida como se conoce regularmente, cambia, a pesar de que haya señales inequívocas de que esto es lo que ocurre y más cuando se presenta una situación que a todas luces tiene un desenlace anunciado.
Si bien es cierto que, quiero creer, la mayoría de quienes tienen la fortuna o la desgracia de estar cerca de mi, han hecho lo que han podido para tratar de aliviar un dolor profundo y desconcertante, la verdad es que es que el hecho de a veces tener que expresar la profundidad de la tristeza que se percibe es simplemente tarea imposible.
Las relaciones humanas se caracterizan siempre (aunque no me guste utilizar absolutos cuando me expreso) por la presencia de agendas ocultas, sean conocidas o soterradas, y este hecho caracteriza la interacción asumiendo que aunque haya algo que desconocemos, podemos llegar a algún tipo de término medio donde la comunicación, así sea incompleta, pueda ocurrir.
Sin embargo, con otros seres la relación es directa y así tenga rasgos de interés por una de las partes (la humana), lo que se recibe siempre es una aceptación incondicional que nos resulta abrumadora, sobre todo cuando cesa. Y eso es precisamente lo que no se puede explicar de ninguna manera. El humano quiere pasar página rápidamente, porque sus planes encubiertos le gobiernan más de lo que estaría dispuesto a admitir. La belleza y perfeccion de esta comunicación es tal que al volver la mirada a lo conocido, con sus reglas, excepciones, condiciones y letra pequeña, el vacio que se percibe aplasta y asfixia.
Eso es lo que hace tan intrincado el lidiar con esa pérdida, así sea anunciada y de alguna manera, esperada, no por el deseo de que ocurra sino más bien como parte de la inevitabilidad de la vida. El volver a enfrentarlo todo sin esa infusión de afecto incondicional y prístino, resulta extremadamente agobiante.
Y todo formó parte de la experiencia: las rutinas, las alegrias, las preocupaciones, la compañia silenciosa (y a veces no tanto), la aceptación mutua sin esperar absolutamente nada a cambio, sin secretos ni mentiras porque no habia lugar para ellos, las continuas enseñanzas (sobre todo su parte, porque aparte de ciertos habitos que claramente me beneficiaban, no creo que haya tenido nada valioso para aportarle) y el transcurrir de los dias y los eventos (ausencias, presencias, cambios de horarios y demás), no hubo nada que sobrara o faltara, con la posible excepción de un entendimiento un poco mas acertado (por mi parte) de cómo hacer las cosas más sana y naturalmente.
Ha habido dias buenos, donde me percato del enorme gasto de energia en los últimos tiempos y se agradece el poder dormir de corrido y disponer de otra manera del tiempo. Tambien ha habido días malos de enorme tristeza y vacío, donde su presencia hace una falta que raya en lo inmanejable, pero todo esto discurre como debe hacerlo, sin prisas y sin pausas, recordándome una vez más esa elegancia y dignidad presente hasta el último instante de su existencia, como un ejemplo inolvidable a seguir de ahora en más.
Tal vez la verdadera razón por la cual no había emprendido la triste tarea de redactar esta especie de eulogía era tal vez el querer evitar revivir todo lo que he mencionado y saber, asi cueste admitirlo, que ya no volverá. Sin embargo, como todo se transforma, quiero pensar que la alquimia perfecta de la naturaleza permite experimentar todo ello de otra forma más amable mientras lo vivido juntos se acomoda tranquilamente y sin prisa en el corazón, desplazando ese miedo inherente a la existencia, quiero y deseo pensar, de una vez por todas, o al menos, dándole un empujón tan fuerte que no le queden ganas de quedarse.
Gracias por todo lo vivido. Buen camino a donde quiera que vayas y que ese recorrido te lleve a un lugar mejor.
