Decepción

No quería decirlo antes, pero lo sospechaba y de alguna manera, lo esperaba. Sin embargo, tenía la pequeñísima esperanza de que algo pudiera cambiar, que se removieran las conciencias y que todas las personas pudieran ver, así fuera fugazmente, que el cambio era posible y necesario, que en manos de todos y todas estaba el poder dar un timonazo que pusiera rumbo a otro lugar, no mejor ni peor, simplemente diferente.

Sin embargo, cuando se asentó el polvo de la “batalla”, los resultados fueron los mismos: los que estaban, permanecen, los que se oponían, ahora son quienes mandan (otra vez), y los que posiblemente podían constituirse en contrapeso o agentes catalizadores del cambio, quedaron relegados a un segundo plano (de nuevo).

¿Que ocurrió? No tengo ni idea. Tal vez habría sido más fácil explicarlo si no hubiese existido la presión social para cambiar, para decir basta, para que se pudiera ver que ya no estamos impasibles ante tantos abusos, desmanes, robos y demás. Pero al haber existido un movimiento que puso al descubierto el descontento general, las vergüenzas del sistema y sobre todo, la injusticia y sinrazón del mismo, cuando había una sensibilización previa, cuando parecía que mucha gente había entendido que era lo que pasaba realmente, pues no tiene ninguna explicación lógica.

¿Miedo? ¿Desidia? ¿Incredulidad? ¿O una hipocresía galopante? No quiero sacar conclusiones apresuradas. Tal vez fue una mezcla de todo, tal vez quienes habitamos en este país no estamos preparados para afrontar una nueva realidad diferente, en la que las personas volvamos a ser importantes, por encima de intereses monetarios o políticos. Tal vez ese nivel de madurez individual y colectivo no se ha alcanzado. Tal vez haya que tener paciencia y esperar un poco más. Sin embargo, tengo la sensación de que el tiempo se está acabando, y que cada oportunidad que se deja pasar puede ser la última que tengamos.

Y yo que pensaba que por una vez íbamos a pensar al unísono, cuidándonos los unos a los otros y haciendo escuchar nuestra voz a quienes dicen mandar sin autoridad moral… Iluso de mi. En fin, soñar no cuesta nada. Y parafraseando a Lampedusa, hemos “cambiado todo para que todo siga igual”. Que los Dioses, la Fuerza y todo lo que se pueda nos acompañe. Vamos a necesitar mucha pero que mucha ayuda para enfrentar lo que se nos viene encima…

Votar o morir

Al fin parece que la España profunda, esa que todavía le tiene miedo y apego a las dictaduras, está despertando. Parece que los abusos sin fin ni freno, la corrupción galopante, el desempleo que alcanza cotas extraordinarias, la miseria creciente, la destrucción de la clase media y la desaparición casi literal del futuro de los más jóvenes, han tocado techo. La indiferencia extrema y hasta surrealista está dando paso, lenta y gradualmente, todo sea dicho, a un estado de exaltación e indignación que por fin comienza a llenar calles y a hacerse oír entre el mar de estupideces y promesas que no se cumplirán de la clase política, ahora que estamos en vísperas de elecciones.

El ambiente va poco a poco caldeándose, sobre todo después de declaraciones prepotentes y orgullosas de uno de los candidatos “indirectos” (ya que, para los que no lo saben, estas elecciones no son generales sino regionales) diciendo que “hay que respetar a la clase política”, esa misma que roba y legisla a su antojo, para favorecer a los de siempre, dejando a las personas de a pie cada vez más desprotegidas, apelando a la impotencia y al “uno como individuo no puede hacer nada” que ha imperado durante mucho tiempo.

Esas mismas personas se (nos) han (hemos) cansado: de que nos traten de idiotas, de que dispongan de nosotros, de que no cuenten con nuestra opinión o que se acuerden de que existimos sólo cuando necesitan “legitimar” sus fechorías a través de la farsa de las elecciones. Farsa? Preguntarán algunos/as. Si, farsa, porque en este país la ley electoral está diseñada para favorecer a los poderosos y los supuestamente más votados. El voto en blanco o la abstención no tienen el efecto de contrapeso que deberían, y las leyes son tan enredadas que es difícil expresar la voluntad popular si no se sabe que ocurre en realidad con las papeletas y los votos emitidos. Tomo el caso de lo que ocurrió en Navarra en 2007, cuando el candidato del PSOE obtuvo una victoria que le legitimaba para gobernar, siempre y cuando pudiera aliarse con algunos movimientos de izquierda y de corte nacionalista. Como su “casa matriz” no le autorizó a esto, porque no interesaba o porque vaya uno a saber que intereses ocultos estaban en juego, el candidato más votado simplemente desapareció de la escena, dejando a los de siempre donde siempre. Inaudito? No. Es lo “normal”…

Entonces, por qué pido que se vote este domingo? Fácil. Así sea una farsa, quedan dos opciones con las que los ciudadanos podemos ejercer el poder y dar una lección a aquellos que creen que no sabemos nada: la primera, que siempre he defendido, es la del consumo responsable. Si quitamos las ganancias obscenas que tienen muchas multinacionales gracias a nuestras compras impulsivas y en la mayoría de los casos, innecesarias, se verían obligadas a repensar su negocio. Y por otro lado, si votamos a otra formación política diferente a los mismos partidos que han ocasionado esta situación, es posible que se vean obligados a negociar y a pactar, y que el poder ilimitado que solían tener llegue a su fin.

Esta tarde estaba imaginando un reparto de poder “ideal”: 30% para un partido mayoritario, 30% para el otro y el resto (un 40%) dividido entre pequeños grupos y formaciones alternativas. Con ello la negociación sería imperativa e imprescindible. ¿Suena idílico? No tanto. Es posible conseguirlo. Hay que votar y decidir, para evitar que lo hagan otros por ti. Adelante. No cuesta nada, no duele y los beneficios pueden ser considerables. No hagas lo de siempre, no votes por inercia. Contribuye al cambio. Y claro, nada de votos nulos o abstención. Eso es lo que quieren los que están en el poder: aprovechar la indiferencia. De ti depende…

La mirada sueca (o cómo decir verdades sin tapujos)

Lo vengo diciendo hace mucho tiempo, sin embargo, se me acusa de radical, de exagerado, y de no tener en cuenta “la flexibilidad y la creatividad locales”. De todas formas, como nadie es profeta en su tierra, hace falta que venga alguien de fuera para decir lo que todo el mundo sabe, pero con lo que nadie se mete. Todavía recuerdo una vez que propuse una racionalización de horarios en una empresa en la que trabajé y todos los jefes me respondieron al unísono: “Es imposible! El negocio no funcionaría.” Lo increíble es que funcione viendo lo que pasa en realidad. Juzguen ustedes y saquen sus conclusiones.

¿Y qué más da?

Hoy nos despertamos con la noticia de la muerte de Bin Laden, después de un fin de semana lleno de acontecimientos “importantes”, tales como una boda en Inglaterra, la ilegalización de un grupo político en España y la beatificación de un papa en Italia. Sin embargo, cada vez que pasan este tipo de cosas, mi reacción natural es la de creer que algo más serio está pasando detrás de bambalinas y que las noticias supuestamente “interesantes” no son más que una cortina de humo para impedirnos ver la realidad.

Si, se ha dado de baja a Bin Laden: ¿y qué? Se ha casado un príncipe: ¿y qué? Se ha beatificado a un señor muerto hace 6 años: ¿y qué? Se ha ilegalizado una formación política: ¿y qué? Los problemas más acuciantes de la gente siguen tal cual: desempleo, desesperanza, intranquilidad, falta de alternativas, enfermedades cada vez más frecuentes, intolerancia, miedo en grandes cantidades… Ninguno de estos hechos cambian las cosas de manera relevante. Simplemente nos distraen más y más de la verdadera realidad: una sociedad cada vez más decadente e inhumana, con abismos de desigualdad que crecen cada día, y en la que los individuos no pueden soñar con una vida mejor porque el hambre y el miedo lo impide.

¿Vamos a seguir distraídos, pensando que lo que pasa a miles de kilómetros es la clave para solucionar los problemas que tenemos aquí y ahora?