Inutilidades

Hoy estuve en el centro haciendo unas gestiones y me encontré con un grupo de gente que decía estar haciendo huelga. Bien por ellos y ellas, parece que se sienten bien marchando en el frío, gritando consignas, inundando la ciudad con papeles (que no sé muy bien quien paga), llevando pancartas, protestando por algo que no saben muy bien que es, y por supuesto, faltando al trabajo, porque creen que así van a “presionar” para que “mejoren” sus condiciones, o al menos, que no les quiten lo mucho o poco que les queda.

Mi reflexión sigue siendo la misma: las huelgas no sirven para nada. Básicamente porque una vez que se protesta, al día siguiente se vuelve al trabajo y todos contentos. No se consigue ningún efecto a largo plazo o duradero. La verdadera presión, y de esto parece que nadie se entera (bueno, corrijo: los bancos y demás entidades financieras lo tienen claro hace mucho tiempo…), es la que podemos ejercer haciendo uso responsable de nuestro dinero: sacándolo de los bancos, consumiendo responsablemente y/o simple y llanamente, dejando de comprar compulsivamente. En ese momento, cuando los grandes emporios comerciales e industriales vean que la gente ya no busca la felicidad en una tienda, se replantearán muchas cosas. Antes no. Todo seguirá igual, por muchas huelgas y protestas a las que acudamos u organicemos.

El modelo en el que vivimos no es sostenible ni aconsejable, al menos para la mayoría de las personas que no se lucran con el sufrimiento ajeno. La única solución es cambiar el sistema y para bien o para mal, si no estamos dispuestos a modificar nuestros hábitos y a dejar de creer que otros son los que tienen que arreglarlo, no veremos nada nuevo bajo el sol.

Todos somos responsables, por acción y/o por omisión. Así que si no nos remangamos, las cosas no van a variar en lo más mínimo. Hay que hacer esfuerzo, y por más que duela, es la única solución para salir del atolladero en el que nos hemos metido o peor, en el que hemos dejado que nos metan.

Y como una imagen vale más que mil palabras, le cedo la pluma a Quino:

Desde otro lugar

A veces recuerdo a mi padre y a mi abuelo: sus gestos, sus palabras, las cosas que solían hacer o decir. Pienso en los momentos que pasamos juntos, algunos buenos y otros no tanto. La disciplina, los regaños, las risas, los momentos importantes, su legendaria inexpresividad. Los dos se parecían muchísimo e hicieron un pacto.

Cuando pienso en ese acuerdo, no puedo evitar preguntarme si me estarán viendo desde algún sitio, si, como hago yo a veces cuando veo una situación desde otra perspectiva, sabiendo lo que puede pasar y observando al o a la protagonista de turno que sin saberlo, se encamina a un determinado desenlace, se preocuparán o dirán “no!” o “sí!”, o si de alguna manera, con una mano sutil e invisible, me dan de vez en cuando un golpecito en el hombro para que me de cuenta de algo…

La vida sigue. Y aunque ellos ya no estén y sus memorias se vayan desvaneciendo lentamente, los recuerdo a veces, con intensidad y tranquilidad al mismo tiempo, pensando que quizá me observen sin más, y vean como vivo mi vida como espectadores de excepción, como quien ve una película con interés y sin juzgar.

De cuando en cuando acuden flashes a mi memoria de momentos concretos, de situaciones especiales, de tensiones y sonrisas. Y también, aunque rara vez, recuerdo esa llamada a la madrugada para contarme que mi papá ya no estaba más aquí. Y todavía me sigue produciendo una sensación agridulce.

Sin embargo, y curiosamente, ya no me siento solo. Puede que, después de todo, alguien esté acompañándome sin que me de cuenta…

Problemas Innecesarios

A veces me pregunto por qué ciertas cosas que, deberían ser fáciles (ya no digo en un mundo ideal) son tan supremamente complicadas, para satisfacer la codicia y el interés de unos pocos, a costa de la tranquilidad, la paciencia y el dinero de la masa que inerme, asiste impasible ante cuanto atropello se inventan para despojarlos de lo poco que todavía les queda.

Supongo que a más de uno le habrá pasado: quiere cambiar de operador de telefonía móvil y comienzan los problemas, y si tiene un iPhone anterior al 4, como decimos en mi tierra “que Dios los coja confesados”: que si no se puede ir por la permanencia, que si lo amenazamos con no liberarle el móvil así pague la penalización, que si le hacemos llegar una factura monstruosa por el consumo de datos al no haber cancelado el acceso a internet… Si lo que yo quería simplemente era pagar lo que correspondía e irme a otro operador que me da mejores condiciones.

Tal vez soy un soñador, pero en los negocios que he tenido cuando un cliente me dice que me deja por la competencia, hago todo lo posible por retenerlo amablemente y sobre todo, trato de averiguar que están haciendo ellos mejor que yo para corregirlo (si es posible, claro): mejores precios? mejores condiciones? mejor atención al cliente? más servicios? hacen algo que yo no haga?

Lo que no hago es amenazarlo, blandir el contrato diciendo que arderá en el fuego del infierno si me deja, decirle toda clase de mentiras y patrañas para que no se vaya, o lo que es peor, contándole una historia diferente cada vez que hable con el.

Tal vez será que soy muy ingenuo, pero bueno, como digo siempre “soñar no cuesta nada”…

PS: Estoy a punto de lograr cambiarme de Telefónica (ex-Movistar) a otro operador donde me tratan mejor y con precios más que razonables. Cuando termine el proceso, contaré mi odisea…

Comprar, Tirar, Comprar

Este es el título de un documental de la 2 de Televisión Española que habla sobre la supuesta programación de la vida útil de muchos de los artículos de consumo que compramos, para que tengamos que seguir consumiendo.

Una buena reflexión para comenzar el año…

Máquina expendedora de leche fresca

Esta mañana caminando por el centro de Pamplona, entramos a uno de los mercados municipales y mientras esperaba a que Sol terminara una compra, me percaté de esta curiosa máquina, alojada en una casita de madera, que vende leche fresca del valle del Baztán! La idea es sencilla: se pone la botella, se echa el dinero y la máquina expende un litro de leche por 1 euro. Si no tenemos botellas, al lado hay otra expendedora donde se pueden comprar. Nótense los restos de leche en el suelo…

Altas y bajas

Hay días en los que estoy completamente vital y lleno de energía. Son momentos para adelantar trabajo, para poner al día temas y para emprender proyectos. Sin embargo, normalmente después de esos momentos de intensa actividad, suelen venir horas de cansancio crónico, desánimo y ganas de no hacer nada. Al principio me molestaban estos ritmos, la incapacidad de poder concentrarme por largos periodos de tiempo y el no poder ser “productivo” continuamente. Sin embargo, al ver que este comportamiento no traía nada positivo a mi vida, decidí aceptar las cosas como son.

Tal vez alguno pensará que es una política simplista, que es necesario mejorar a toda costa. Sin embargo, creo firmemente que el primer paso para lograr algún cambio es aceptar y poder ver la situación tal como es, no como queremos que sea o lo que es más grave, tratar de llegar al objetivo sin detenernos a considerar desde donde partimos.

Es un proceso largo y laborioso, que en estas épocas de prisa omnipresente, puede que desanime a más de uno. Es en estos momentos cuando recuerdo las palabras de mi padre cuando describía el esfuerzo y la constancia: si algo vale la pena, hay que trabajar para conseguirlo. Con paciencia y sobre todo, mucha compasión hacia nosotros mismos es posible lograr cuanto queremos.

Por último, este ejercicio de paciencia y persistencia tiene un “bonus” adicional: el otro día al volver a ver la película “Zen”, escuchaba al actor que interpretaba a Dogen diciendo: “la mente humana es inquieta: quiere esto y lo otro, y así sólo consigue frustrarse”. Si puedo mantener la concentración y el interés en un asunto o actividad en particular, significa que mi mente va calmándose y lo mejor, que aquello en lo que me estoy concentrando realmente vale la pena.