Con o sin permiso

Curiosa sensación aquella de necesitar aprobación para lo que hacemos, decimos o pensamos. Es algo que nos enseñan desde pequeños y que aceptamos sin oponer mucha resistencia. Al principio de la vida puede estar bien, porque nos ayuda de alguna manera a definir cómo comportarnos y nos salva de situaciones potencialmente embarazosas. Pero a medida que pasa el tiempo, si no sabemos dosificar esa “dosis” de aprobación, puede volverse un problema serio, porque muchos no saben como desligarse de esa necesidad, y pasan a ser dependientes de ella. Amigos, familia y/o la pareja se convierten en los “calificadores” que deciden con sus opiniones lo que podemos o debemos hacer.

Lo más triste es que cuando queremos seguir adelante y tomar nuestras propias decisiones, nos sentimos culpables por no “contar” con aquellas personas que nos han venido dando sus opiniones. Cuando optamos por no “informar” de alguno de nuestros movimientos porque simplemente no queremos, la reacción puede ser un poco desproporcionada. Y no hablo de no contar a la pareja que nos vamos a un sitio durante unos días, o que vamos a tardar un poco más de lo previsto en un viaje de trabajo, sino de personas con quienes tenemos relación, pero están lejos.

La cura para esto es aguantar el chaparrón unas cuantas veces sin poner demasiada atención a sus comentarios o reacciones, para que los demás se den cuenta que a veces queremos sus pareceres, pero otras simplemente seguimos con lo que tenemos previsto sin necesidad de aprobación o información adicional…

Sin hacer nada

Esta mañana estaba leyendo un artículo de Tom Hodgkinson en The Guardian sobre lo que en mi tierra llamamos el “pajareo”, es decir, andar de aquí para allá sin propósito definido, sin un plan concreto. Como muchos de ustedes sabrán, hace unos meses decidí detenerme y repensar muchas cosas de mi vida, habiéndome preparado para ello desde hacía tiempo. El proceso ha sido bastante duro, porque no sabía lo apegado que estaba a mi rutina diaria: levántate, aseo personal, desayuno, trabajo, comida, trabajo, casa, lo cual condicionaba absolutamente todo lo demás (festivos, vacaciones, fines de semana, viajes, etc). Me ha costado muchísimo frenar y desconectar, y más teniendo en cuenta que nunca había estado tanto tiempo sin “hacer nada de provecho”, léase sin un trabajo fijo o alguna actividad regular.

He experimentado muchas fases: culpa, inquietud, ansiedad, miedo, incertidumbre, pero hasta hace más bien poco, he podido ver las ventajas del no hacer nada. Cuando escribo esto, recuerdo las caras de mis amigos y familiares cuando les informé de la decisión de parar. Sus expresiones variaban desde el “qué bueno!, cómo me gustaría hacer algo así” al “qué tontería dejar un trabajo como ese para no saber que pasará después”. Confieso que me asusté. Sobre todo por que, como decía antes, nunca había estado en esta situación sin un “plan de escape”, es decir, todos nos hemos quedado alguna vez sin empleo, pero tenemos alguna estrategia para volver al mundo laboral después de un tiempo. Ahora el objetivo principal era pensar en mi, tenerme en cuenta, vivir la vida conmigo y no en torno a un trabajo o un sueldo.

Es curioso cómo a veces inconscientemente trato de darle una nueva rutina a mi vida. Es como si me diera miedo dejarme llevar y que perdiera las ganas de trabajar o algo así. Y por eso me encuentro a veces llenando los días con cosas un poco sin sentido para tener la sensación de estar “haciendo algo”: dejo mi cocina desordenada para tener que ocuparme luego de ella, paso horas y horas en el ordenador borrando basura, haciendo mantenimiento o simplemente navegando, limpio la casa varias veces, salgo a hacer recados que posiblemente podría haber hecho por teléfono o internet… Si bien es cierto que sentirse útil es bueno, si se hace compulsivamente puede generar mucho estrés.

Poco a poco he ido aprendiendo los placeres del no hacer nada. De pasearme por mi casa sin estar pensando en qué tengo que hacer después. En mirar mi agenda, ver que hay días vacios y no sentir pánico. De salir a caminar durante un rato por el simple hecho de sentir el viento en la cara. De leer sin prisas. De ver el desorden de mi estudio y no angustiarme.

De alguna manera, siento que estoy confiando en mi. Dándome un espacio para encontrar o redescubrir lo que me gusta y disfruto, sin culpa ni miedo. Dejando que las cosas fluyan. Sintiendo el afecto de quienes me quieren tal y como soy, no por mi imagen o las cosas que pueda hacer o tener. El encarar esos demonios asusta, pero libera al mismo tiempo. Me gusta poder mirar atrás y ver que gracias a todo el esfuerzo que hice durante una larga temporada, ahora puedo estar donde y como estoy. Todavía me cuesta desconectar del todo, pero creo que con el tiempo lo lograré. Y cuando me reincorpore a la loca carrera laboral en la que todos vivimos, sé que tendré un espacio, conquistado con amor y paciencia, donde podré retirarme a descansar cuando lo necesite. Ahora mismo lo estoy adecuando para disfrutarlo…

Equilibrio

Creo que llevo algo más de un mes sin escribir. No por falta de ideas o de tiempo. Todo lo contrario. En estas últimas semanas he visto como la vida me ha mostrado en todo su esplendor la cantidad impresionante e infinita de sensaciones y realidades que pueden sucederse, con la diferencia de que antes ignoraba o dejaba pasar la mayoría de ellas, y tal vez por esa avalancha de información y estímulos, no había encontrado un momento sosegado para digerir todo aquello y plasmarlo aquí.

Si tuviera que usar una palabra para describir todo lo que he vivido en los últimos meses, sería “cambio” o “renovación”. Cuando comencé este camino de transformación interior, no sabía lo que me iba a encontrar. Tenía curiosidad y ganas de emprenderlo. Pero en cuanto me fui adentrando en los vericuetos de mi mismo, la oscuridad y los demonios que habitan en mi interior aparecieron, más grandes y terroríficos que nunca, para tratar de hacer que retrocediera y dejara esas tinieblas tal y como estaban, que siguieran afectándome y controlando mucho de lo que hacía o pensaba. Debo confesar que mis fuerzas flaquearon, que casi perdí la voluntad de vivir, que cuestioné todas y cada una de mis decisiones y posturas vitales, que me quedé en medio de la nada, como si durante toda mi vida no hubiese aprendido, que sentía que todo el esfuerzo realizado hasta ahora no había valido la pena.

Pero de alguna manera, en algún sitio existía la convicción de que había que seguir adelante, que quería llegar al fondo, ver de frente todos mis temores, miedos y carencias, así el terror me invadiera. Que no había marcha atrás, que este camino era en un solo sentido. Que quería agradecer a la persona que había sido hasta ahora por ayudarme a llegar a este punto, y decirle que a partir de este momento, todos esos “apoyos” que tan bien me sirvieron, me estaban estorbando, sin dejarme espacio para crecer y darme cuenta que había cambiado.

Y eso fue lo que logró que reconsiderara muchas de las decisiones que había tomado hasta el momento, entre ellas el alejarme de Sol, la mujer con la que quiero compartir mi vida, porque vi que era capaz de aprender y más importante, de desaprender muchos conceptos e ideas que me impedían sentir y vivir a plenitud.

La vida no es sólo la imagen. Ni el dinero. Ni el poder. Ni el trabajo que uno pueda tener. La vida es permitirse estar, con todo lo bueno y lo malo, con lo alegre y lo triste, con lo que nos gusta y lo que no. Y el hecho de poder escoger estar en un estado u otro es absolutamente liberador. Al principio cuesta mucho, como cuando aprendemos a leer o escribir: creemos que es imposible ordenar esos signos ininteligibles, pero a medida que pasa el tiempo, todo va volviendo a su sitio, encontrando el equilibrioy el orden natural que por mucho tiempo me empeñé en alterar.

De alguna manera, he comenzado de nuevo. Sigo teniendo mi experiencia, mis defectos y mis anhelos, pero veo la vida de otra manera mucho más sincera y abierta. Ahora permito que otros se acerquen a mi, dejo que me quieran, disfruto de esa sensación y me nutro de ella, devolviendo a los demás ese bonito sentimiento cuando me nace. Y lo más importante: he comenzado a aceptarme tal como soy, con lo que me gusta y lo que no me gusta de mi mismo. Tengo mucho que aprender de mi mismo, pero ya no me angustia la sensación de no saberlo todo. Es más, me agrada haberme quitado la presión de tener que tener una respuesta para cualquier cosa…

El proceso no ha terminado. Todavía queda un trecho importante del camino por recorrer. Pero lo estoy haciendo a mi ritmo y con confianza. He descubierto que no tengo prisa por llegar a ningún lado. Por primera vez en mucho tiempo estoy disfrutando del camino, más que de la sensación de alcanzar la meta. Todavía tengo que concentrarme en dejar de mirar el objetivo para girar la cabeza y ver la belleza que me rodea, pero cada vez menos. Sentir es algo increible, aunque asuste un poco al principio…