Welcome to the Real World
Hay temporadas en la vida donde los acontecimientos se precipitan, donde todo parece ocurrir al mismo tiempo. Y es precisamente en medio de la vorágine que nos percatamos de un hecho que se ignora a toda costa durante la vida: la gran cantidad de mentiras y falsedades de las que vivimos rodeados, tanto de cercanos como de lejanos, para preservar un frágil equilibrio social que muchas veces ni siquiera vale la pena conservar.
Cuando todo salta por los aires es cuando nos encontramos con la brutal existencia tal como es: sin adornos ni florituras, sin filtros ni colchones de seguridad que suavicen lo que acontece, y la experiencia por lo general no es nada agradable. Nos saca de golpe de nuestra imaginaria zona de confort que no queremos abandonar bajo ninguna circunstancia sin preguntarnos o pedirnos permiso: simplemente quedamos expuestos totalmente a la ferocidad sin límites de la vida, esa que hemos evadido con mayor o menor éxito durante tanto tiempo, consiguiéndo anestesiarnos de sus vastos efectos, lo cual nos deja completamente desvalidos ante la evidencia pura y dura de vivir en este plano material.
Y es que el haber perdido nuestra objetividad, la capacidad de razonar, de comunicarnos (a pesar de las enormes limitaciones del lenguaje que manejamos), de expresar el desacuerdo o la incomodidad en aras de lo políticamente correcto, el no calcular sosegadamente las consecuencias de ciertas acciones y de simplemente vivir «al día», tiene consecuencias catastróficas a la hora de enfrentarnos con lo que es. Ahí es cuando nos encontramos completamente a merced de la proverbial imprevisibilidad de la vida, esa que hemos evitado cuidadosamente durante casi toda nuestra existencia, esa que nos aterra tanto que hacemos cuanta tontería se nos ocurre para evitar un dolor ineludible que forma parte del paquete, creando más problemas de los que supuestamente queremos esquivar.
El hecho de ser «seres sociales responsables», que cumplen con sus supuestas obligaciones, adquieren bienes, se entretienen, son solidarios y demás despropósitos aceptados por la mayoria, no significa para nada que queden eximidos de las consecuencias del contacto directo con lo que pasa. Por el contrario, cuanta más seguridad y confort buscamos, los efectos de experimentar las cosas como son se amplifican de una manera insospechada. Tal como decía Alan Watts, la búsqueda de la seguridad nos deja aislados, asustados y perdidos.
Y más allá de las interpretaciones ramplonas de «esto es una lección de la que debo aprender algo», «Dios me está mostrando algo con esto que pasa», «Hay algo que no veo y que debo estar haciendo mal», etc., que no son más que vanos intentos de la mente por encontrar una razón que cuadre con nuestra manera de ver y entender las cosas, lo cierto es que tarde o temprano tendrenos que vérnoslas con la cruda realidad: esa que está debajo de todas las capas que hemos ido construyendo para intentar, infructuosamente, aislarnos o más bien, de demorar este encuentro inevitable. Como decía cierto ejecutivo de una gran empresa de tecnologia cuando hablaba de la posibilidad de un ciberataque: «No es si nos va a pasar o no, la pregunta es CUANDO». Lo mismo creo que aplica, tal cual, para ciertas situaciones que por más que metamos la cabeza en la arena, existe el riesgo latente de tener que vivirlas alguna vez.
