Anger is better than Despair
Cada vez que ocurre algo «extraordinario», esto es, un acontecimiento que viene a interrumpir la supuesta paz o equilibrio en el que vivimos, la reacción es invariablemente la misma: una enorme incomodidad, un desgaste físico importante que casi siempre pasa desapercibido (más sobre esto luego), el posicionamiento automático en el rol de víctima / martir, la queja sistemática con la vana esperanza de que entre más intensa sea, más fácil y rápidamente nos quitaremos el asunto de encima para volver a nuestra supuesta «perfecta y pacífica» existencia (léase, acomodarnos por enésima vez en nuestro confortable sillón relleno de cucarachas…)
Y lo que está ocurriendo en realidad cuando respondemos de la forma habitual, es una evasión continuada de nuestra propia responsabilidad sobre lo que ocurre, no necesariamente para evitarlo, sino más bien para gestionar nuestra respuesta hacia ello de la forma que consideremos conveniente, o mejor, que nos sea más propicia para minimizar los efectos de lo que sea que esté transitando por nuestro (muy reducido) campo de percepción.
El hacernos cargo de nuestra actitud es tarea harto ardua, porque básicamente no la hemos emprendido jamás, asi la mente y el intelecto se rebelen y digan lo contrario. Se nos enseñó que era mucho más fácil y práctico «echar la mierda para atrás», culpando a todos los demás de las desgracias, errores, omisiones que «injustamente» habían acaecido sobre nosotros, teniendo mucho cuidado, eso si, de nunca mencionar nuestra supina ignorancia y connivencia con lo acontecido.
Las consecuencias de todo esto son muchas y variadas: una sesnsación de injusticia perenne, un derrotismo constante, un cansancio contínuo que va minando nuestra energía vital lenta pero inexorablemente con efectos cada vez más evidentes en todo sentido, que curiosamente casi siempre ignoramos hasta que el cuerpo dice basta y no hay ningún argumento que nos permita salir de ese estado, más que un descanso forzado y contínuo que puede prolongarse en el tiempo, por un periodo que es directamente proporcional al nivel de abuso que hayamos perpretrado contra nosotros mismos, obligándonos a replantearnos las cosas de manera muy poco amable y sin margen de maniobra.
Todo esto genera una sorda apatía y produce una angustia inmovilizante que nos sume aún más en esa oscura y supuesta impotencia que se reproduce sin control, como una espiral macabra cuya razón de ser fuera la de no dejarnos emerger jamás de ese estado.
Sin embargo, la sabiduría de la naturaleza siempre prevalece, a pesar de nuestra legendaria terquedad, ineptitud y enorme arrogancia a la hora de vivir. La progresion es siempre la misma: Una vez que este estado de malestar se hace insoportable de acuerdo a nuestros propios parámetros personales, que son únicos e intransferibles, ocurre una epifanía fugaz, algo que más bien podría definirse como un violento volver a nuestra verdadera naturaleza o recuperar la cordura si me lo permiten, que genera una rabia extrema por habernos alejado tanto de aquel estado de equilibrio compatible con la vida, que comienza la remontada hacia derroteros más amables.
El proceso no es inmediato, lineal, confortable, ni plagado de placeres o satisfacciones como nos lo quisiéramos imaginar con nuestro habitual mal hábito infantil de pensar que la justicia o el equilibrio ocurren cuando todo funciona como más nos conviene, dentro de nuestra extremadamente limitada visión de la realidad…
Este «enojo terapéutico» es el que nos mueve de esa supuesta oscuridad (que también es parte de la experiencia total, ni buena ni mala) para ponernos donde tengamos, una vez mas, otra oportunidad de llevar la vida por derroteros más maduros y sobre todo, donde predomine la alegría, cosa harto diferente al placer o a la satisfaccion temporal, entendiéndola mas bien como un contentamiento que deshace el hastío con el que nos hemos acostumbrado a transitar por esta particular dimensión corpórea.
Prueben! Seguro que les gusta (La ironía es opcional…)
