Me volví a encontrar con este video y me hizo reflexionar mucho, o mejor, muchísimo. Justo esta semana estuve en un concierto y la mayoría de la gente, en lugar de disfrutar la música y la interacción con los artistas, simplemente vivieron la experiencia a través de una pequeña pantalla… La oscuridad del auditorio se veía rota por destellos de luz que distraían y entristecían. Tal vez es hora de volver a nuestros cabales, porque de lo contrario, la estupidez colectiva finalmente nos ganará la partida.
Un corto muy diciente del cineasta argentino Santiago Grasso sobre el desencanto actual hacia el trabajo. Para mi, es una sensación bastante común la de tener que hacer algo que simplemente no nos satisface por una cantidad determinada de dinero para cumplir con ciertas exigencias sociales y, lastimosamente, suplir necesidades que a estas alturas de la historia, ya no deberían ser pagas (vivienda, comida, salud, educación, etc.)…
Me encantó la manera de este comic de expresar la vida normal y corriente de muchas personas (me incluyo), sin tratar de encontrar un sentido que tal vez (lo más probable) no existe… (Créditos: The Oatmeal)
«Rainbow Fox» de Ann Marie Bone (Imagen tomada de www.top13.com)
En estos días he estado escarbando aquí y allá, entre la grandísima cantidad de información que acumulamos de una forma u otra, y me he encontrado con pequeños y grandes detalles que habían desaparecido de mi memoria: acciones, personas, hechos relevantes, ocasiones especiales (o no), libros, textos, sonidos, canciones, risas, fotografías que muchas veces estaban asociadas al recuerdo «equivocado» o simplemente, a una parte pequeña de la historia ocurrida.
Si bien es cierto que sabemos de sobra que la memoria comienza a fallar con los años, es curioso darme cuenta que recordamos sólo aquello que queremos, o en otras palabras, olvidamos cosas que son importantes que sin embargo, no consideramos dignas de permanecer en nuestro cerebro. ¿Cual es el criterio de selección? No lo tengo claro. Lo que si es evidente, gracias al ejercicio de recorrer el pasado a través de lo que he escrito o conservado, es que voy dejando atrás situaciones o trozos de información que tal vez me resultaron dolorosas o incómodas por alguna razón que no recuerdo (!). La pescadilla que se muerde la cola…
Sin embargo, creo que es momento de retomar y mantener el sano hábito de escribir lo que me parece relevante, antes que la memoria lo haga pasar por su filtro implacable y simplemente deje de existir como parte de mi historia, que creo es digna de conservar para evitar el desagradecimiento o el simple hecho de repetir experiencias o centrarme únicamente en lo que me pasa ahora, dejando a un lado aquello del pasado que me ayudó a construir este presente que estoy viviendo.
Es curioso ver que la vida es una interminable sucesión de situaciones, a las que nuestra mente y condicionamientos dan «tamaño» e «importancia» y que proporcionalmente, tienen la capacidad de influir sobre nuestro estado de ánimo y percepción del mundo que nos rodea.
Si nos fijamos bien, estamos inmersos en una cadena de acontecimientos relacionados unos con otros (así no nos lo parezca), de formas, colores y sabores diversos, que nos hacen subir y bajar una montaña rusa emocional que no tiene principio ni final. Es cierto que somos capaces, hasta cierto punto, de «manejar» o «dominar» estos cambios, según el entrenamiento o las experiencias que hayamos tenido, aunque lo cierto es que la famosa paz interior de la que tanto se habla no termina de llegar. De alguna manera creemos que el estado de equilibrio perfecto es la ausencia de situaciones que nos estresen o preocupen, y lo que vemos a medida que avanzamos en la vida, es que la verdadera solución o el enfoque más sano es aprender a navegar con el mar que haya en cada momento.
La conclusión a la que voy llegando, así me cueste aceptarla desde mi mente racional y «cuadriculada» es precisamente que la única zona del mar de la existencia donde hay un estado casi perpetuo de calma es en las profundidades. En la superficie siempre habrá olas sometidas a la acción de los elementos, haciendo su navegación y conocimiento algo muy complejo. Cómo gestionarlas? Eso depende de cada uno de nosotros. Podemos darle más o menos importancia y sobre todo, decidir si actuamos o no, si les prestamos atención o no. Lo único constante es que estas situaciones se seguirán repitiendo ad-nauseam hasta el último día. Así que o disfrutamos del paseo o sufriremos de mareo todo el tiempo gracias a un mar embravecido e impredecible que definitivamente no podemos controlar, sino sólo transitar.