Japón (IX)
Esta vez nos vamos al mercado de Tsukiji muy, muy temprano para ver las subastas de atún, luego visitamos el Museo Ghibli en Mitaka y terminamos con un curioso tutorial de cómo pedir comida a una máquina en un restaurante…
Esta vez nos vamos al mercado de Tsukiji muy, muy temprano para ver las subastas de atún, luego visitamos el Museo Ghibli en Mitaka y terminamos con un curioso tutorial de cómo pedir comida a una máquina en un restaurante…
Esta vez nos vamos al Museo de Cometas de Tokyo, damos una vuelta la galería comercial camino al templo de Asakusa, compramos algunas cosas en la calle Kappabashi (en las dos únicas tiendas que quedaban abiertas), famosa por ser el lugar para equipar cualquier negocio de comida y terminamos, rendidos de cansancio, en un café de estilo occidental cerca a la estación de Asakusa antes de volver al hotel.
He aquí otro vídeo más. Esta vez, una visita al Tocho Biru, edificio que alberga las oficinas del ayuntamiento de Tokyo y otras dependencias públicas. Si pueden, vayan en un día muy despejado (normalmente en invierno) para poder ver hasta donde se pierde la vista y con un poco de suerte, aparecerá el Monte Fuji en todo su esplendor!
No es que no quiera poner más videos, pero ante la falta flagrante de tiempo, energía y sobre todo, acceso a Internet sin precios abusivos, además de un software decente de edición de video (lo siento por los fans de Windows, pero iMovie les da 1000 vueltas a los competidores), prefiero escribir y dejar el testimonio en película para cuando regresemos a casa.
El fin de semana estuvo interesante. El sábado fuimos al Mercado del Pescado de Tsukiji y luego al Museo Ghibli en Mitaka.
Para ir al mercado, hay que madrugar y mucho. Lo ideal es estar hacia las 5 AM allí para «coger sitio» en el salón de subastas del atún, que no está muy bien señalizado y al que llegamos un poco de casualidad. Claro que en esto tiene que ver el hecho de que el taxista que nos llevó desde el hotel (el metro todavía no está funcionando a esa hora) nos dejó en una puerta lateral y no en la entrada principal.
Una vez dentro, se pueden ver los atunes congelados siendo examinados por los expertos en la materia, quienes pujarán por ellos en cuanto empieza la subasta. Hay empleados que nos avisan que no se pueden tomar fotos con flash con carteles en varios idiomas y que deberíamos (nadie lo hace) salir a los 10 ó 15 minutos de haber entrado para dejar sitio a más gente. Al final, todos nos apretujamos en la estrecha zona de los visitantes, localizada justo en la mitad del sitio de las subastas.
El momento emocionante es cuando los «directores de la subasta» comienzan a tocar la campana para avisar que está a punto de comenzar la puja por los distintos lotes. Se suben a un pequeño taburete y comienzan a gritar de manera peculiar los distintos números y a anotar las pujas obtenidas. El proceso no dura más de 5 minutos. Hay evidencia en video para explicarlo mejor.
Luego de presenciar el proceso, sobre las 6:15 AM, termina el «espectáculo» y los pescados son sacados por sus propietarios en carretillas de madera. El paso siguiente es buscar un sitio para desayunar, dentro del mismo mercado. Encontramos uno donde había cola (casi todos tienen) y después de esperar casi media hora, pudimos entrar. El local era pequeño y nos tomaron la orden mientras esperábamos. Todo muy organizado. Entramos, nos sentamos, comimos, pagamos y fuera. Otros 10 comensales entraban. Producción en serie al más puro estilo japonés.
Luego de eso recorrimos los puestos alrededor del depósito central del mercado, donde hay implementos para el oficio, verduras, etc. Compramos un cuchillo japonés MUY afilado (Sol se hizo un corte profundo con sólo manipularlo un momento) a muy buen precio. Incluso nos dieron instrucciones para su cuidado y mantenimiento en una hoja impresa en inglés y japonés.
Luego volvimos al hotel para darnos una ducha y descansar un rato antes de seguir con la jornada y nuestro siguiente destino: El Museo Ghibli en Mitaka.
El museo es una especie de «Disney World», guardadas las proporciones, creado alrededor de una figura muy importante en la animación japonesa: Hayao Miyazaki. Sobra decir que hay que haber visto al menos una de las películas para entender lo que ocurre aquí. Las entradas se compran por Internet con previa reserva (hay que hacerla un par de meses antes como mínimo) y se canjean en el museo.
Para llegar a Mitaka, se parte de la estación de Shinjuku y el recorrido dura unos 20 minutos. Una vez en la estación, hay que salir de la misma, girar a la derecha, bajar las escaleras, comprar los tiquetes bajo las mismas y esperar el autobus que nos llevará al museo en la parada número 9. No tiene pérdida porque el pequeño vehículo de color beige lleva motivos del museo y personajes de las películas en su exterior.
Al llegar, se canjean las entradas y nos darán unos pases para un corto de 20 minutos de duración (en japonés) que se puede ver durante la visita, a la hora y 15, 35 y 55 minutos. Es importante acercarse a la fila faltando unos 10 minutos para que comience la proyección, porque el aforo es limitado.
La visita no es larga, se puede hacer en un par de horas, incluyendo un rato para comer algo (lo que hicimos nosotros) y la película. Las salas incluyen bocetos, dibujos, animaciones, se nos muestra como se hace una película de esta naturaleza y hay incluso una reproducción del estudio de Miyazaki, que vive muy cerca del museo. No está permitido hacer fotos dentro de las instalaciones, pero sí en los jardines y exteriores de las mismas.
Al salir, el bus nos lleva nuevamente a la estación de tren para volver a Tokyo, pero decidimos comer algo más en las inmediaciones y nos topamos con una procesión llevada por niños, muy simpática.
En cuanto a la comida, entramos a un sitio donde se hace el pedido a través de una máquina. Tuvimos algunos problemas para entender cómo funcionaba, pero un empleado amable nos lo explicó e hicimos un pequeño tutorial en video que publicaré luego.
Para finalizar el día, nos dimos una vuelta por Shinjuku, curioseamos un poco por Kinokuniya y Takashimaya y volvimos rendidos al hotel.
El domingo nos lo tomamos con un poco más de calma. Salimos hacia el mediodía hacia el parque de Ueno, con el ánimo de visitar el Museo Nacional de Tokyo. Una experiencia altamente recomendable. Está abierto de 9 a 18:30. Es un lugar bonito, cuidado y las obras expuestas no están apretujadas. Al final, se nos invitó a diseñar un «kimono» de papel con distintos sellos de motivos expuestos en el museo. Divertido. Me gusta esta interactividad de los japoneses!
Luego recorrimos el parque y visitamos el mercadillo de Ameyoko, que está al lado de la estación del tren. Una experiencia comparable a pasear por los «polvos azules» de Lima o alguno de los «sanandresitos» en Bogotá. Comimos algo de fruta y una especie de waffle con huevo y verduras en la calle. Ambos muy sabrosos…
Al final, nos dimos una vuelta por Roppongi, vimos un poco de pasada el Roppongi Hills, que es impresionante pero no deja de ser un centro comercial de lujo como tantos otros, similar, a nuestro parecer, con la zona de Postdamer Platz en Berlin, y tratamos sin mucho éxito (era domingo) de encontrar un sitio agradable para tomar algo y bailar un poco. Había muchos occidentales y pocos japoneses.
Hubo dos anécdotas para terminar el día: la primera ocurrió cuando cenamos en un lugar de sushi 24 horas, donde presenciamos en vivo y en directo como un cliente pedía un plato, el cocinero sacaba el pescado vivo de un acuario, lo cortaba y lo servía en un plato, todavía moviéndose, aderezado con verduras y demás.
Y la segunda nos pasó cuando estábamos volviendo al hotel, porque perdimos el último metro y tuvimos que salir de la estación donde estábamos para tomar un taxi en la calle, algo que hicimos sin problemas y llegamos al hotel en 5 minutos. Toda una aventura!
(Esta nota fue originalmente escrita el 11 de septiembre de 2009)
Hoy tocó crónica offline, consecuencia de la manera de hacer negocios que impera en nuestros tiempos. Lo que acabo de decir es un eufemismo para ocultar mi mal humor y no escribir problemas como sinverguenceria, mentiras o engaños…
Vamos por partes. Ayer salimos un poco tarde del hotel, producto del cansancio acumulado y el jet lag. Nos fuimos a la zona de Mejiro a buscar un fabricante reconocido de Shakuhachis y Shinobues y, como se está volviendo costumbre, no encontramos la dirección hasta después de un buen rato, porque pasamos frente al negocio un par de veces y no lo vimos. Finalmente dimos con el y una muy amable señora nos atendio y asesoró en la compra de mi primer instrumento genuino japonés, uno más de mis sueños realizados! Para rematar, Sol decidió regalarmelo de cumpleaños, junto con varios accesorios. Una maravilla!
Luego de esto, nos dirigimos a Shibuya a comer algo, y como también se está volviendo costumbre, más ramen o Yoshinoya (una cadena de comida «rapida» muy popular por aqui). Luego a caminar por el barrio, viendo cosas estrafalarias, raras, divertidas, curiosas o simplemente novedosas. Estuvimos en la estatua de Hachiko, en el famoso cruce que sale en todas las peliculas, viendo como se llena de gente en unos segundos y luego volvimos a Shinjuku a dar la última vuelta antes de ir al hotel. Cenamos unos ricos yakitoris, tamago y para finalizar como mandan los cánones, un buen trago de whisky japones.
Esta mañana (viernes) nos acercamos al Tôcho Biru, el edificio del gobierno metropolitano de Tokyo, que estaba a pocas calles de donde nos alojabamos. Las torres son imponentes y tienen dos miradores: norte y sur, a los cuales subimos, pensando un pcoo que hoy justamente es 11 de septiembre… Sicosis? No, que va…
La vista es espectacular, y aunque el cielo estaba algo nublado, como es habitual en Tokyo, se podían divisar muchos de los rascacielos de la ciudad y contemplar como se pierde en el horizonte. Impresionante.
Al bajar de un mirador para subir el otro, un amable funcionario del gobierno nos preguntó que si queriamos participar en una muestra de artesania local, especificamente el arte japones de labrar la plata, y se nos permitio elaborar nosotros mismos un par de años de plata de ley 925 martillando a más no poder. Muy interesante y divertido, ademas de habernos quedado con los anillos como recuerdo!
Luego de eso, recogimos nuestras cosas y nos dirigimos a nuestra nueva «casa» para lo que queda de nuestra estancia en Tokyo antes de salir para Kyoto. El hotel está en el barrio de Akasaka, donde están las embajadas y oficinas del gobierno. Un poco mal situado porque hay que caminar unos 7 minutos desde que baja uno del metro hasta la puerta del hotel, cuando en el anterior en 30 segundos estabamos en la recepcion.
Aqui comenzaron las «decepciones». Si bien es un hotel de 5 estrellas, en cuanto llegué un empleado que hablaba muy mal inglés (cosa un poco extraña en un hotel de esta categoria) me ofrecio un «upgrade» de 8000 yenes la noche (unos 60 euros) para mejorar la habitacion y darnos varios servicios añadidos, entre ellos el acceso a internet, cosa que me extraño aun mas porque en el hotel anterior, bastante mas modesto, era completamente gratis. Al decirle que no me interesaba, me ofrecio otra opcion de 3000 yenes la noche mas solo por tener acceso a internet ilimitado, cuando el precio diario es de 1575 yenes (unos 12-13 euros, bastante caro la verdad), oferta que tambien rechacé. Asi que, contrariados, subimos a la habitacion, que afortunadamente es bastante comoda y silenciosa, lo minimo esperable en un hotel como este.
Luego de esto, salimos hacia Nihonbashi al «museo de las cometas», un pequeño lugar en el quinto piso de un edificio ubicado en una calle lateral, perteneciente al dueño del restaurante que está en la primera planta, muy aficionado a este hobby. El museo mas parece una coleccion de trastos viejos que un museo, pero vale la pena pagar los 200 yenes y darse una vuelta. En menos de 30 minutos está visto. El restaurante es mas bien caro, por lo que nuestros planes de comer ahi sufrieron una pequeña modificacion. Al final, como casi siempre, terminamos comiendo soba y udon en un sitio cercano.
De ahi fuimos a Asakusa, en la linea Ginza del metro. Visitamos el templo, que por ahora está cerrado por obras, hicimos una ofrenda y sacamos nuestra «fortuna» de las alcancias que agitandolas, nos dejan ver que nos depara el futuro y como van a ser nuestros devenires a partir de ese momento. Los papelitos que nos dicen lo que pasará o está pasando, se amarran a unas largas varillas de metal y luego se queman cuando estas están llenas.
Nuestra siguiente parada fue la calle Kapabashi, lugar por excelencia de los utensilios de cocina y restauracion. Desafortunadamente, llegamos algo tarde y la mayoria de tiendas estaban cerradas. Sin embargo pudimos encontrar casi todo lo que estabamos buscando.
Ahora mismo son las 9:30 PM y ya estamos en la cama, porque mañana nos espera la madrugada mas salvaje para ir al mercado de pescado de Tsukiji, a unos 20 minutos en taxi desde aqui. Mas cosas cuando pueda conectarme y publicarlas!