SN, IL
Uno de los temas recurrentes en estos tiempos del ruido, nunca mejor dicho, es aquel que trata el cómo alcanzar la tranquilidad o el equilibrio emocional, ese «santo grial» de aquellos aquejados del cansancio existencial, angustia perenne y la supuesta creencia que en algún lugar o momento del futuro existe un refugio al que hay que llegar a toda costa para por fin librarse del agobio que supone la existencia moderna.
Para ello, desde tiempo inmemorial, ha surgido una amplia oferta de enseñanzas, técnicas, métodos y demás que prometen convertir al practicante en un experto en el arte de la calma sin importar las circunstancias, la meta dorada de todo aquel que supuestamente sufre por la incesante prisa de este mundo.
Sin embargo, no sé si es la experiencia o simplemente el hastío de comprobar que tantas sugerencias no llevan a ningún resultado concluyente, a pesar de ejercer una práctica diligente y sostenida, me he percatado que al final la calma no es algo que se adquiere o se aprende, sino que simplemente se deja llegar cuando dejamos de oponer resistencia a lo que es, o en otras palabras, cuando elegimos no prestarle atención a eso que supuestamente está en desacuerdo con lo que pasa tal como ocurre. Y esto no es el resultado del esfuerzo sino más bien de todo lo contrario: de simplemente dejarse estar en aquello que esté pasando.
Suena esotérico? Es apenas «lógico», porque contradice todo aquello que nos han vendido como cierto y confiable: que el resultado es directamente proporcional al esfuerzo realizado. Que el volumen de la acción predice con exactitud la magnitud de los efectos a obtener.
Y al final, de lo que se trata es de quitar y no añadir más, de dejar surgir aquello que ha estado oculto durante mucho tiempo gracias a que hemos dirigido la atención hacia donde se nos atrae más, sin dejar espacio para el trasfondo de quietud que lo abarca todo.
Si bien es cierto que hay prácticas que pueden sugerirnos revertir nuestro interés hacia derroteros más amables, lo cierto es que una vez que descubrimos que los pensamientos se inclinan ante el silencio, ya no hay marcha atrás, ni camino que recorrer, ni meta a alcanzar. La invitación es a eliminar sin aumentar, a observar hasta que el observador simplemente deja de ser necesario para apreciar lo que es.
