How to Stop Hitting the Donkey
La reflexión de las últimas semanas ha estado centrada en los distintos enfoques que usamos para conseguir lo que supuestamente queremos / necesitamos (más sobre esto en breve). Normalmente se nos ha enseñado que a través del esfuerzo duro y continuado podemos lograr cualquier cosa. Sin embargo, y esto ha sido una revelación reciente, se dejó de lado toda la parte subjetiva o en otras palabras, la que tiene que ver con la variabilidad del estado de ánimo, la sutileza y maleabilidad del funcionamiento del cerebro y en general, el conjunto de variables imponderables que rigen el comportamiento humano.
No me refiero con esto a que la sugerencia sea la de dejarse dominar por el «calor» (o frio) del momento o simplemente «esperar a que la inspiración llegue» ni mucho menos. Estoy hablando de tener en cuenta otros factores más allá de la fuerza bruta y de asumir (erróneamente) que siempre podemos emplear el 100% de nuestras capacidades para acometer la tarea u objetivo que tengamos a bien (o casi siempre mal) elegir.
Estaba recordando anécdotas como aquellas tan comunes de haber preparado «a conciencia» (definición totalmente absurda, si me preguntan) un examen o prueba en el colegio, universidad o trabajo de turno para encontrarnos con un imprevisto dolor de estómago / cabeza / indisposición de origen indeterminado a la «hora de la verdad», que daba al traste con todo ese meticuloso esfuerzo y que nos hacía quedar como si no hubiesemos hecho absolutamente nada al respecto. Y normalmente en estos casos, no había excusa válida posible. Aparecía la disyuntiva del todo o nada: acertar o fallar, sin tener en cuenta nada de lo que estaba ocurriendo alrededor en ese preciso instante y por tanto desconociendo que la vida tiene una particular manera de presentarse, especializándose en deshacer todos los modelos y patrones en los que la solemos basar, en un vano intento de entender lo que está pasando.
Lo que ocurre es que se suele dejar de lado lo que nos define como especie: esa adaptabilidad y consonancia con lo que sea que esté ocurriendo en el presente, ese elusivo momento del que no podemos hablar porque cuando lo hacemos, ya ha perdido su característica frescura y actualidad. Como sostenía Alan Watts, no podemos observar el mar y a la vez describir lo que estamos viendo, porque estamos obviando la evidente incapacidad de prestar atención a lo que ocurre ahora y pensar sobre ello, aunque más de uno, al leer esto, diga que si es posible. (El hecho de haberlo hecho mal toda la vida, alimentando la ilusión de que es posible, no resuelve el conflicto).
Esto nos lleva a percatarnos que hemos estado golpeando sin misericordia al jumento que pacientemente nos ha llevado de un lugar a otro sin chistar, pensando que entre más fuerte y frecuentemente lo castiguemos, llegaremos más pronto al supuesto destino que nos hemos planteado. Qué queda de todo esto? Después del tiempo, un agotamiento extremo que nos deja sin aliento ni recursos para saber donde estamos, qué hemos estado haciendo hasta ese momento y lo más grave: hacia donde dirigir nuestros pasos después. Los síntomas concretos de esta situación son más que evidentes: un desgano perenne por la vida, una incapacidad de disfrute y asombro, una creatividad que desaparece y sobre todo, un miedo prevalente a todo aquello que pueda amenazar el frágil equilibrio en el que este sinsentido nos dejó.
El asunto se complica aún más si, como mencioné al principio, no tenemos la más remota idea de qué es lo que queremos o necesitamos. Vamos de aquí para allá apagando pequeños incendios sin prestar atención a la fuente de las chispas, alimentando esa sorda desesperación añadiendo más ruido y datos pensando que poniendo más gasolina a la hoguera de manera milagrosa se extinguirá, así sea el contrasentido más grande de la historia…
Sin embargo, el enfoque que podría resolver el desaguisado es algo casi totalmente impensable para la mayoría: El detenerse de manera honesta y resuelta por fin y dejar que el mecanismo se relaje y se centre es el anatema final. El silencio y la calma que se experimentan en cuanto dejamos la insensata vesanía de lado para por fin prestar atención a cómo es que funcionamos, es algo a todas luces insoportable y que hay que eludir a como de lugar, no vaya y sea que nos percatemos de la increiblemente estúpida existencia que hemos llevado hasta el momento y que es la causa de todas las dificultades que diligentemente tratamos de resolver.
No niego que existe un cierto grado de dificultad al acometer la tarea, sin embargo, la posibilidad de acceder a los potenciales beneficios en los que redunda una sosegada observación de aquello que observa es un potente aliciente para finalmente dejar de lado la supina ignorancia en la que hemos vivido, disfrazada de «productividad» y «alcanzar los objetivos», falacias que nos han sido impuestas de una manera contundente y sin lugar a dudas, porque aquel que osa desafiar los principios fundamentales de la irracional sociedad que hemos construido, es apartado e invitado, de múltiples maneras, a veces no tan amables, a volver al «buen camino» y dejar de agitar las aguas con esas ideas que «no llevan a ninguna parte».
Como siempre, la decisión la tiene cada cual. El asunto es que resulta realmente complicado dar el necesario paso al costado para por fin apreciar la vida en toda su magnitud y no la pequeñez en la que la hemos convertido, haciendo gala de una miopía que resulta triste y cómica a la vez, cuando finalmente llegamos a la hipotética cima de la montaña que nos permite apreciar el panorama completo y no solo un microscópico trozo del paisaje.
Y por último, no está de más recordar que sólo vinimos a hacer una cosa en este peculiar plano material, que es precisamente el saber quien es aquel que observa todo lo que pasa y centrar nuestra atención en ello, de manera dedicada y decidida hasta instalarnos en esa perspectiva (lo único real) de manera permanente, así las distracciones y cantos de sirena de la existencia nos tienten con su inagotable caudal una y otra vez…
