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El concepto del tiempo es algo realmente interesante. Recuerdo las lecciones de filosofía en el colegio cuando nuestro profesor, en un intento muy loable para lograr que sus poco interesados estudiantes adolescentes lograran comprender, así fuera mínimamente ciertas ideas etéreas tales como la del momento presente, utilizaba ejemplos prácticos muy adecuados para la audiencia: «Imaginen que van al odontólogo: la temida fresa, la anestesia, las jeringas, entre otras cosas. Cómo se percibe el paso del tiempo en esa situación? Ahora, imaginen que van a ver a la novia o novio. Cómo creen que pasan las horas?»
Para mi, esta manera gráfica de ilustrar la relatividad del concepto fue muy eficaz. El comparar una situación entendida como desagradable con algo placentero muestra que la percepción es algo completamente personal. Sin embargo, el cómo entendemos ciertos eventos de la vida tiene mucho que ver con la manera como nos percatamos de lo que nos pasa y sobre todo, cómo lo asumimos e interpretamos.
Muchas veces queremos solucionar una determinada situación que consideramos incómoda de la manera más expedita posible, sin importar cuales sean las circunstancias o consecuencias. Se percibe que lo inmediato tiene mayor valor subjetivo que cualquier otra alternativa. La pregunta que ronda siempre en estos casos es la misma: habría cambiado la realidad presente si el pasado hubiese sido distinto?
Por otro lado, la persistencia en el esfuerzo también altera el cómo asumimos el paso del tiempo. No es realista realizar una actividad durante años con dedicación plena a simplemente dedicarle un rato de cuando en vez y esperar resultados similares. En estos tiempos de distracción perenne, esta es la receta perfecta para mercachifles y vendedores de humo que pretenden alterar las leyes de la naturaleza con atajos de dudosa procedencia, para sustituir el desarrollo natural por resultados raramente duraderos o sostenibles. Las terapias de shock normalmente no producen frutos de buena calidad, si se me permite la expresión.
Al final, de lo que se trata es de ajustar en la medida de lo posible las expectativas con la realidad. El esperar desenlaces satisfactorios inmediatos pretendiendo saltarse los pasos necesarios normalmente tiene dos consecuencias: resultados muy pobres con efectos colaterales importantes y una frustración creciente que no sólo desanima sino que malacostumbra al sistema a seguir creyendo en cantos de sirena que invariablemente llevan al mismo sitio una y otra vez…
