Ya sé, ya sé. Había dicho que el viernes pasado iba a escribir sobre este viaje, pero entre una cosa y otra, no pude. Pero bueno, más vale tarde que nunca, así que aquí está:
Como ya saben algunos de los que me conocen, hace poco estuve en una pequeña isla perteneciente al archipiélago de San Andrés, en el caribe colombiano, llamada Providencia. Dicho archipiélago lo conforman tres islas principales: San Andrés, la citada Providencia y Santa Catalina, esta última se encuentra unida a Providencia mediante un bonito puente flotante.
El acceso a Providencia se puede hacer por vía marítima (unas 6 horas) o en avión (25 minutos), desde el aeropuerto de San Andrés, al que se llega después de 2 horas de vuelo desde Bogotá. Hay dos compañías que operan regularmente en el aeropuerto El Embrujo de la isla: Searca y Satena, con uno o dos vuelos diarios.
Tal como prometí, hoy comienzo a contar algunas de las aventuras vividas en mi último viaje a Bogotá. Esto no pretende ser una guía turística ni mucho menos, sino más bien una recopilación de las experiencias y sensaciones vividas durante los días que pasé allí en mayo. Si bien es cierto que es mi ciudad, el hecho de estar viviendo en otro país hace ya unos cuantos años, ha hecho que aprenda a ver lo que antes era cotidiano con otros ojos, tal vez un poco más abiertos al detalle y dejándome sorprender por todo lo que veo y escucho, sin ignorarlo como solemos hacer con aquello que nos resulta conocido.
Lo primero que se me viene a la cabeza es que la ciudad ha cambiado enormemente en los últimos 5 años. Hay muchas vías nuevas, y puedo decir, aún a riesgo de desatar la ira de unos pocos, que se ha «humanizado» en gran medida, a pesar de las medidas en contra de esta tendencia del último alcalde, con más espacios peatonales, muchas zonas verdes, parques y bulevares para pasear y disfrutar a otro ritmo. Otra cosa interesante que noté fue el cambio de actitud de la gente. En mis anteriores viajes, las caras estaban fruncidas y el gesto era de agresividad total. Ahora la gente se ha relajado y me atrevería a decir que son un poco más felices. Esto no significa que los problemas de fondo hayan desaparecido, pero la sensación general es que «hay país» y que ya no se va más a la deriva. La gente sigue «buscándose la vida» como pueden, y cada vez son o más creativos o más arriesgados (y no me refiero a aquello que algunos malpensados tendrán en la cabeza…), sino a lo que pueden ver en el siguiente video
Por otra parte, el clima también ha cambiado. Atrás quedaron los tiempos en que el nombre de la ciudad era sinónimo de frío, lluvia y niebla, al mejor estilo del Londres de principios del siglo XX. Incluso los habitantes de la costa norte colombiana la llamaban «La Nevera», con justa razón. Las temperaturas siguen oscilando entre lo muy frio (0 y -2 grados) en la madrugada y ahora hasta algunos calores «extremos» en la temporada seca (de noviembre a abril), que rondan los 23 grados al medio día. Para los que esto les parezca normal, permítanme recordarles que Bogotá se encuentra a 2.600 metros sobre el nivel del mar, o más cerca de las estrellas, como reza el lema turístico de la ciudad.
Hablando de turismo, me sorprendió gratamente ver que la capital se ha convertido en un destino turístico importante para los países caribeños y de Centro América, cosa impensable hace unos años, en medio de la tempestad causada por el narcotráfico y el conflicto armado. Es fácil encontrarse por la calle con dominicanos (como me ocurrió), peruanos, venezolanos (aunque esto merece otra nota aparte), y costarricences, que hablan maravillas del país y en especial de Bogotá.
Para propios y extraños, la oferta de compras (hay un montón de centros comerciales nuevos, incluso dos y tres en el radio de unas pocas calles a la redonda…), cultural y de ocio (visiten la Zona G, la Zona T o los bares de la Avenida 19) ha crecido y mejorado en calidad de manera espectacular. Un sitio que me llamó particularmente la atención fue un bar llamado Full 80s, al norte de la ciudad, donde todo gira en torno a esa década dorada. Me emocioné al ver y escuchar los créditos de apertura de más de una de mis series favoritas que caracterizaron la niñez y adolescencia de nuestra «querida» generación de la guayaba. Un sitio agradable para compartir con amigos y tomarse una cerveza o algo más.
Para los que se aventuren por el centro, no dejen de visitar La Candelaria, otro lugar que ha sido recuperado para el deleite tanto de los rolos de pura cepa como de los visitantes, y busquen al «mejor guía 5 estrellas de Bogotá» en la Plaza de Bolívar, para que les cuente de primera mano la historia de este emblemático lugar.
Aquellos de ustedes que viajan regularmente por negocios o placer, sabrán lo que es enfrentarse a la rutina de hacer (y deshacer) la maleta cuando tienen que estar fuera de casa por uno o más días. Pero, dentro de lo incómodo (cuando se hace más veces de las que queremos, normalmente por trabajo) o lo excitante (cuando se viaja por placer) que pueda llegar a ser, a veces se nos «va la mano» y nos llenamos de cosas innecesarias que terminamos cargando con nosotros sin usarlas o peor aún, dándonos cuenta que las teníamos cuando volvemos a casa.
En definitiva, no hay nada mejor que viajar lo más liviano posible, para poder concentrarse en los atractivos de nuestro destino y no preocuparnos tanto por lo que tenemos o no. Leo Babauta, creador del sitio Zen Habits, propone 36 consejos para conseguir este objetivo. Algunos son bastante evidentes, como el uso de ropa de fibras especiales para que podamos lavarla en la noche y al otro día esté seca y lista para usar, o el usar una mochila para tener las manos libres al pasear (aunque siempre es bueno tener precaución con este tipo de bolsos, porque es fácil que alguien los abra estando detrás nuestro sin que nos demos cuenta). Hay algunas ideas novedosas como la de cambiar o donar el libro que llevemos para leer cuando lo terminemos…
Mi consejo personal es que solamente lleven con ustedes lo que van a usar y si necesitan algo, es bastante probable que puedan comprarlo donde vayan sin muchos problemas. Me he sorprendido al darme cuenta de lo poco que llevo ahora conmigo en un viaje! Ante todo, la idea es disfrutar y descansar, no llegar a casa necesitando otras vacaciones para recuperarse de las que acaban de tomar!
Hoy me he encontrado con esta nota en el diario El Mundo que me dejó anonadado. Resulta que un canal de televisión de Madrid ha descubierto una vía para evitar todos los controles policiales y de aduanas del Aeropuerto de Barajas, que permite a personas que llegan a la T4S, especialmente latinoamericanos, entrar a territorio español sin ser apenas molestados. Lo único que les separa de la ansiada «tierra prometida» es una puerta corriente que no cuenta con ningún tipo de protección ni seguros, y que según se ve, ha sido forzada varias veces por razones obvias. Una vez dentro, es cuestión de coger un ascensor y salir tranquilamente a la zona de los taxis. Lo «mejor» es que todo el proceso está perfectamente explicado en una hoja que se vende (presumiblemente a precio de oro) en países como Colombia, Perú, Ecuador…
Tanta tecnología, tantos controles, tantos perros, tantos millones de euros invertidos y tantos policías por todas partes no han podido evitar la malicia indígena de unos pocos. Me pregunto: cuantos indeseables (sicarios, traficantes, etc.) habrán podido aprovechar este «ligero descuido» hasta hoy? A cuantos habrán amenazado / extorsionado / chantajeado para obtener el dichoso papel? Mejor ni pensarlo. Pero no importa «España va bien»…
Actualización: Parece que ya se han tomado algunas medidas al respecto.
Este fin de semana estuve en Dublin de paseo, visitando a mi novia que está estudiando inglés allí. Mucha gente me había hablado de esta ciudad, más que todo por la gran recuperación económica que ha experimentado Irlanda en los últimos años, y tenía curiosidad de verlo con mis propios ojos. Así pues, el viernes tomé un avión desde Biarritz, vía Paris (si, ya sé que es una paliza, pero son las desventajas de vivir en un pueblo como este) que finalmente me dejó en el aeropuerto de la capital irlandesa.
En cuanto salí, tomé el autobus 16A desde la terminal que se dirigía al centro, pasando por la zona de Drumcondra, que era donde tenía el alojamiento (un excelente B&B con una atención impecable a precios muy razonables, además de bien situado). Se paga al chófer o se puede comprar un billete en el aeropuerto. La tarifa hasta donde iba es de 1.60 euros y el trayecto dura unos 25 minutos. Me gustó mucho el poder preguntarle al conductor donde debía bajarme y que me avisara (por la megafonía del bus) en el momento preciso…
Una vez instalado, me dirigí hacia el centro tomando el autobus 3 desde el hotel. El viaje duró unos 15 minutos, que pueden ser más si el tráfico no ayuda. El punto de encuentro más popular en la calle O´Connell es el Spire, un monumento de 120 metros de altura y 3 metros de base, que es, según he leído, la escultura más alta del mundo, y se puede ver desde casi toda la ciudad. La gente suele acercarse a su base y mirar hacia arriba con la cara pegada a la estructura metálica. La vista es extraña y algo sobrecogedora a la vez…
De ahí fuimos a la Destilería Vieja de Jameson (la nueva está en Cork) ubicada en Bow Street, a unos 10 minutos a pie desde el Spire. En ella hay una visita guiada de una hora de duración aproximadamente, donde conocimos la historia de John Jameson y el origen de la «Uisce Beatha» (el «agua de la vida» en gaélico), además de cómo se hace el whisky irlandes más vendido en el mundo y la diferencia que causa en el sabor el destilarlo una (Bourbon), dos (Escocés) o tres veces (Irlandés). En este edificio ya no se produce el whisky, pero la parte final del proceso (el «vatting«) se continúa haciendo allí.
Una maqueta de la destilería en el lobby
Después de la visita, hay una cata en la que participan 6 voluntarios (3 hombres y 3 mujeres). Yo, por supuesto, me ofrecí…
Justo antes de comenzar…
Probando, probando…
Apreciando el aroma del genuino whisky irlandés…
Después de un duro trabajo probando distintas marcas y comparando sabores, la recompensa:
Catadores Oficiales! (De izquierda a derecha, Margaret, Jill y yo)
El ejercicio es interesante porque nos dieron la oportunidad de probar varios tipos de whisky: irlandés, escocés y bourbon. La diferencia entre ellos es considerable. Me quedé con el Paddy, por lo suave y poco agresivo, pero para gustos los colores.
Al final, dimos una vuelta por los alrededores y fuimos a cenar a un fantástico restaurante vegetariano llamado Govinda, en la calle Middle Abbey, bastante cerca de O´Connell.
Al día siguiente, me dirigí hacia la zona de Temple Bar y Dame Street, buscando una tienda de música y conociendo los alrededores. La zona es bastante animada y hay mucha gente, porque el Trinity College está muy cerca. Terminé comprándome una flauta irlandesa tradicional (hace años compré un whistle) y un par de libros sobre cómo tocarla. Siempre me han gustado los instrumentos de viento poco comunes y no podia desaprovechar la ocasión… También me enteré que por esas calles abundan las tiendas de música.
Después de comer algo ligero, me dirigí a la otra parte obligada de la visita: la fábrica de Guinness. Decidí hacer el recorrido a pie desde Dame Street. Se tarda unos 25 minutos y pude conocer el edificio de la Catedral Christ Church y Dvblinia, una recreación bastante realista del Dublín de la época medieval.
Dublinia (a la izquierda) y la Catedral
El trayecto hasta la Storehouse pasa por un par de calles poco recomendables, pero si se hace a la luz del día no reviste ningún problema. Además, por la zona hay bastantes turistas que están en el mismo plan y van hacia el mismo sitio.
Para llegar, hay que tomar algunas calles un poco laberínticas, pero bien señalizadas:
Acercándome a la fábrica
Una vez allí, hay dos opciones: hacer la fila (los fines de semana es bastante larga) o reservar por internet en la web oficial y entrar directamente a la exhibición, además de tener un 10% de descuento. Recomiendo lo segundo para aprovechar al máximo el tiempo.
La puerta más famosa (creo) de Dublín
Ya dentro, hay que ir subiendo paulatinamente por una gigantesca pinta de cerveza, para ver las distintas fases del proceso. No hay guías y por la cantidad de gente, hay que tener paciencia para poder leer los carteles y ver los vídeos explicativos.
Un gran recipiente con cebada (para ver, oler y tocar)
Unas enormes plantas de lúpulo
El ingrediente principal: Agua!
Al final, después de conocer al dedillo el proceso, llegué al Gravity Bar, donde reciben a los visitantes con una pinta «gratis» (lease incluida en el precio de la entrada), que se puede disfrutar con unas espectaculares vistas de Dublin.
La pinta perfecta
Salud!
El atardecer en Dublin desde el Gravity Bar
Y como no podía ser de otra manera en esta sociedad consumista en la que vivimos, la visita termina en la tienda oficial de la marca:
A comprar!
El domingo, mi último dia, comenzó con un buen desayuno irlandés:
El desayuno de los campeones (irlandeses)
Y después de eso, habiendo recuperado a mi novia, dimos una vuelta rápida por Grafton St. y vimos muy de pasada el parque de St. Stephen´s Green: un lugar ideal para pasar una tarde soleada.
La calle Grafton, decorada por navidad
Y de ahí, al aeropuerto, que por cierto es bastante incómodo y pequeño para los estándares europeos, aunque según leí en un periódico local, se está invirtiendo mucho dinero en su ampliación y las obras deberían terminar en 2010.
Esperando el avión de regreso a casa
Y eso fue todo. Al final, con tantos paseos y escalas (Dublin – Paris – Biarritz – Casa) terminé llegando a las 12:30 AM…, pero valio la pena!