Über das Verbotene

Hay temas que normalmente se evitan para preservar la paz social, sobre todo porque normalmente desembocan en discusiones estériles que no hacen más que acrecentar el miedo y la desesperanza que caracteríza esta época en la que vivimos actualmente. Sin embargo, retomando una vieja costumbre, me atrevo a formular algunas ideas sobre la presente coyuntura no sólo del país donde vivo actualmente sino del mundo en general, ya que noto una deriva generalizada hacia el sinsentido, que lamentablemente es el resultado de un condicionamiento cuidadosamente orquestado y ejecutado durante décadas por los mal llamados líderes de nuestras comunidades.

Últimamente he visto comentarios de diversas fuentes donde la gente pregunta cual es el beneficio económico de elegir a tal o cual candidato, sea a la presidencia de un país o de entidades más pequeñas, y lo que me llama la atención es la mezquindad extrema de las afirmaciones, donde básicamente están pidiendo que el gobierno les ayude de alguna manera específica, sea con subsidios u otros mecanismos de «demora de la pobreza» como los llamo, ya que se ha demostrado históricamente que una política de ayudas debe estar meticulosamente diseñada y delimitada en el tiempo para incentivar la autonomía personal y no crear dependencias onerosas para los que pagan e innecesarias para los beneficiarios, como se ha observado innumerables veces alrededor del mundo, además de exponerlos a las veleidades del mandamás de turno, que en un arranque de ira o populismo, puede retirar o cambiar las condiciones de dichas prebendas, haciendo que quienes las reciben vivan en un perpetuo estado de incertidumbre o peor aún, de indolencia hacia el origen de los recursos mientras que sus necesidades (no tan básicas, todo hay que decirlo) son satisfechas gracias a un reparto desigual e casi siempre injusto del esfuerzo de los contribuyentes.

Esto me da a pensar que estamos viviendo la versión 2.0 de la cultura del dinero fácil y rápido originada en los tiempos del auge del narcotráfico, donde se instauró la creencia del «todo vale» para conseguir tonterías que la mayoría considera importante: estrambóticas propiedades, privilegios insulsos y efímeros para mostrar a quienes no les importa en absoluto quien los ostenta, o peor aún, que de alguna manera estén pensando la forma de aprovecharse o robar aquello que consideran alcanzable para perpetuar el ciclo de los absurdos.

Las consecuencias de esta particular manera de pensar saltan a la vista: una mediocridad rampante, una disminuida capacidad de análisis y discernimiento que se ve amplificada en tanto que estos comportamientos se van normalizando con el aplauso estulto de los aduladores de turno o de quienes se lucran de la estupidez colectiva, burlándose del que trabaja sinceramente y cumple con las cargas que impone la ley sin chistar apenas, y una sensación generalizada de ruina y miseria material y moral que ensordece en silencio a quienes estamos expuestos a ella.

Repentinamente olvidamos el valor del esfuerzo y la creatividad, del vivir sin prisas, dependiendo en gran medida de nuestro buen hacer y de la satisfacción del logro personal. Ahora lo que se estila es extender la mano, física o digitalmente, para que alguien nos lance unas monedas mientras el «artista» de turno sigue imitando ridículamente a aquel que se aplicó para mostrar un producto, servicio o experiencia diferente.

Al final del día se trata de recuperar y mantener la capacidad de valernos por nosotros mismos, sin importar las circunstancias que nos rodeen. Si bien es cierto que ante una situación excepcional de miseria generalizada, este objetivo se antoja muy complicado, siempre hay maneras de capear el temporal si tenemos la cabeza sobre los hombros y hemos cultivado diligentemente el hábito de la auto-suficiencia en los aspectos que consideremos pertinentes.

La decisión principal no es elegir un candidato u otro, sino cdefinir cual es nuestro verdadero objetivo: vivir sometidos a la necedad de personas que no conocemos y que por supuesto, no tienen ni idea de quienes somos o cuales son nuestras necesidades, o más bien ser capaces de observar la función circense desde una posición en la que podamos preservar nuestra tranquilidad y dignidad sin tantos agobios, mientras observamos divertidos las bufonadas de quienes aún creen que los que dirigen están allí para «ayudarles»…