Hoy, una vez más, me voy de viaje. Esta vez una mezcla un poco extraña de trabajo y placer, además de querer ver a Marcos después de lo que ha pasado. Durante un par de días no escribiré, pero esta semana hablaré sobre Providencia. No se lo pueden perder! Hasta la vuelta.
Tal vez el título de esta historia no concuerde mucho con el contenido, pero creo que es el que mejor se adapta a lo que quiero compartir con ustedes hoy.
Antes que nada, quiero admitir públicamente que no me gustan las despedidas, ni los cierres ni los finales de ningún tipo. Evocan abandono y soledad, incertidumbre y desasosiego. Me ocurre lo mismo cuando leo un libro y llego al final, cuando una buena película termina, cuando una conversación interesante languidece, cuando alguien muy especial se aleja…
Ahora mismo estoy pasando por una situación dificil y tengo un dolor muy grande en el corazón, que tiene que ver precisamente con mi resistencia a dejar ir, a cerrar y a soltar. Y eso me ha hecho pensar en la ceguera con que vivimos la vida la mayor parte del tiempo. Creemos que todo durará eternamente, que nada cambiará y que lo que conocemos permanecerá incólume a pesar de todo.
El tiempo pasa sin darnos cuenta, y la vida también. Y nos empeñamos en complicarnos y preocuparnos con tonterías y nimiedades que no nos dejan ver lo que es realmente importante. No voy a dar una definición de ello, porque creo que es un concepto muy íntimo y personal, y cada cual sabrá con qué se identifica mejor, pero en términos generales, sólo cuando llega un momento de ruptura o quiebre es que comenzamos a valorar esos instantes que ya pasaron irremisiblemente y los miramos con dolor y nostalgia, por no haberlos vivido intensa y plenamente. Y corremos desesperadamente, tratando de asir a como de lugar eso que se nos escapa por los avatares de la vida, queriendo compensar en un momento todo lo que hemos dejado pasar, como si fueramos capaces de digerir todo ello de un bocado sin consecuencias… Nos comportamos como el niño que suelta la mano de su madre en un acto de rebeldía, pero que cuando alza la mirada, no la ve y le invade un terror irracional.
Me repito una y otra vez: «Cuando aprenderé?», pero la inercia de la vida es muy fuerte y caigo nuevamente. Me dejo llevar por esa falsa corriente de la vida, que nos incita a pensar que estamos en un «valle de lágrimas» y que el sufrimiento es el motor de nuestra existencia, el acicate para que seamos mejores personas, hijos, padres, madres, parejas… Cuantas mentiras! Por concentrarnos en lo malo, no vemos casi nunca lo bueno, que es mucho…
Pero la vida, amorosa unas veces y estricta otras, insiste en mostrarme continuamente que lo verdaderamente importante es casi siempre aquello que tenemos cerca y que, paradójicamente, es lo que más ignoramos.
Termino con varias preguntas: Qué hay que hacer para apreciar estas cosas de manera habitual? Cual es la clave para ver esos detalles en medio de todo el ruido circundante? Cómo le damos a la vida la importancia que merece?
Va a sonar muy raro lo que voy a decir, pero ayer se me vino a la cabeza un episodio de los Simpsons (llamado Dead Putting Society, de la segunda temporada) donde Bart compite con Todd, uno de los hijos de Ned Flanders, en un torneo de minigolf. La imagen que acudió a mi cabeza fue esa en la que Lisa, en un intento de entrenar la mente de su hermano para la competición, comienza a recitarle algunos koan, o acertijos zen. Al principio Bart se lo toma a broma, pero en un momento dado, uno de ellos le permite ver más allá. Todavía sonrío cuando recuerdo la cara que puso en el momento en que se abrió su mente.
Algo como eso me pasó en los últimos dos días, y no precisamente usando koan(s ?). El miércoles y el jueves de esta semana estuve en un curso de Constelaciones Familiares, una técnica creada por Bert Hellinger, que yo definiría, a riesgo de irritar a los puristas, como un «sicoanálisis rápido», donde se analizan los sistemas familiares para encontrar la causa de los problemas que nos aquejan.
La experiencia fue reveladora. Algo así como abrir el telón que me impedía ver muchas cosas con claridad. Y en ese momento vino el miedo, el vértigo de ver la vida tal cual es, y no como mis ojos y mi mente se empeñaban en percibirla. Esto asusta y mucho. Recordé cuando murió mi padre y comencé a descubrir cosas de mi familia que habían permanecido ocultas y bajo un pacto de silencio tácito por parte de mis hermanas durante muchos años. Temas que en casa eran tabú, por las implicaciones que tenían. Intentos desesperados de cambiar el destino sin que nos enteráramos de la causa, guardando siempre las apariencias y la compostura…
A veces nos imaginamos que la vida que tenemos es de otra manera. Normalmente con muchos toques de fantasía y teatro, porque en el fondo sabemos que hay una verdad oculta y oscura que no queremos ver. Esto no significa que no hay personas con vidas plenas y felices, pero la mayoría se empeñan en no aceptar lo que son tal cual, y por tanto, no obran en consecuencia, prolongando la agonía y el dolor que esto causa.
En lo que me toca, creo que hoy soy un poco más sabio y sé algo más de mi mismo, y siento que ahora puedo encarar muchas situaciones que me resultaban muy dolorosas con entereza y sobre todo, con mucha dignidad. Sin embargo, el ver muchas situaciones cotidianas bajo otra óptica me produce una mezcla de sentimientos complicada de asimilar, que comparo un poco con esas escenas del cine donde el médico sale del quirófano y con gesto cansado se acerca a los familiares del paciente a decirles lo que ocurre. Luego vienen las reacciones, del tipo que sean. Ahora mismo estoy asimilando mi propia realidad tal como es y no como siempre la había imaginado… Les anticipo que no es fácil y resulta muy complejo, pero a la vez siento que me he quitado una pesada carga de encima.
El ejercicio es liberador, por definirlo de alguna manera, pero hace falta valor y mucha, mucha humildad para asumir nuestro propio destino y vivir la vida en consecuencia, reconociendo nuestros errores y mirando hacia adelante con dignidad y la cabeza alta, dándonos cuenta de quienes somos y cuanto valemos. Es transformar y ordenar el pasado para poder tener un nuevo comienzo…
Tal como prometí, hoy comienzo a contar algunas de las aventuras vividas en mi último viaje a Bogotá. Esto no pretende ser una guía turística ni mucho menos, sino más bien una recopilación de las experiencias y sensaciones vividas durante los días que pasé allí en mayo. Si bien es cierto que es mi ciudad, el hecho de estar viviendo en otro país hace ya unos cuantos años, ha hecho que aprenda a ver lo que antes era cotidiano con otros ojos, tal vez un poco más abiertos al detalle y dejándome sorprender por todo lo que veo y escucho, sin ignorarlo como solemos hacer con aquello que nos resulta conocido.
Lo primero que se me viene a la cabeza es que la ciudad ha cambiado enormemente en los últimos 5 años. Hay muchas vías nuevas, y puedo decir, aún a riesgo de desatar la ira de unos pocos, que se ha «humanizado» en gran medida, a pesar de las medidas en contra de esta tendencia del último alcalde, con más espacios peatonales, muchas zonas verdes, parques y bulevares para pasear y disfrutar a otro ritmo. Otra cosa interesante que noté fue el cambio de actitud de la gente. En mis anteriores viajes, las caras estaban fruncidas y el gesto era de agresividad total. Ahora la gente se ha relajado y me atrevería a decir que son un poco más felices. Esto no significa que los problemas de fondo hayan desaparecido, pero la sensación general es que «hay país» y que ya no se va más a la deriva. La gente sigue «buscándose la vida» como pueden, y cada vez son o más creativos o más arriesgados (y no me refiero a aquello que algunos malpensados tendrán en la cabeza…), sino a lo que pueden ver en el siguiente video
Por otra parte, el clima también ha cambiado. Atrás quedaron los tiempos en que el nombre de la ciudad era sinónimo de frío, lluvia y niebla, al mejor estilo del Londres de principios del siglo XX. Incluso los habitantes de la costa norte colombiana la llamaban «La Nevera», con justa razón. Las temperaturas siguen oscilando entre lo muy frio (0 y -2 grados) en la madrugada y ahora hasta algunos calores «extremos» en la temporada seca (de noviembre a abril), que rondan los 23 grados al medio día. Para los que esto les parezca normal, permítanme recordarles que Bogotá se encuentra a 2.600 metros sobre el nivel del mar, o más cerca de las estrellas, como reza el lema turístico de la ciudad.
Hablando de turismo, me sorprendió gratamente ver que la capital se ha convertido en un destino turístico importante para los países caribeños y de Centro América, cosa impensable hace unos años, en medio de la tempestad causada por el narcotráfico y el conflicto armado. Es fácil encontrarse por la calle con dominicanos (como me ocurrió), peruanos, venezolanos (aunque esto merece otra nota aparte), y costarricences, que hablan maravillas del país y en especial de Bogotá.
Para propios y extraños, la oferta de compras (hay un montón de centros comerciales nuevos, incluso dos y tres en el radio de unas pocas calles a la redonda…), cultural y de ocio (visiten la Zona G, la Zona T o los bares de la Avenida 19) ha crecido y mejorado en calidad de manera espectacular. Un sitio que me llamó particularmente la atención fue un bar llamado Full 80s, al norte de la ciudad, donde todo gira en torno a esa década dorada. Me emocioné al ver y escuchar los créditos de apertura de más de una de mis series favoritas que caracterizaron la niñez y adolescencia de nuestra «querida» generación de la guayaba. Un sitio agradable para compartir con amigos y tomarse una cerveza o algo más.
Para los que se aventuren por el centro, no dejen de visitar La Candelaria, otro lugar que ha sido recuperado para el deleite tanto de los rolos de pura cepa como de los visitantes, y busquen al «mejor guía 5 estrellas de Bogotá» en la Plaza de Bolívar, para que les cuente de primera mano la historia de este emblemático lugar.
Hoy y mañana estaré en un curso del cual hablaré más adelante. Sin embargo, esta noche actualizaré y ahora si (!) comenzaré a contar las aventuras de mi último viaje. Espero que les gusten. Me voy corriendo!