Vacio

Nunca

Una buena pieza del rapero español El Chojin. Disfruten y sobre todo, escuchen…

After the End

¿Y tu qué harías si tuvieras que compartir el “privilegio” de ser el último sobreviviente después del apocalipsis con alguien como el? Pasen y vean…

Recuerdos Olvidados

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“Rainbow Fox” de Ann Marie Bone (Imagen tomada de www.top13.com)

 

En estos días he estado escarbando aquí y allá, entre la grandísima cantidad de información que acumulamos de una forma u otra, y me he encontrado con pequeños y grandes detalles que habían desaparecido de mi memoria: acciones, personas, hechos relevantes, ocasiones especiales (o no), libros, textos, sonidos, canciones, risas, fotografías que muchas veces estaban asociadas al recuerdo “equivocado” o simplemente, a una parte pequeña de la historia ocurrida.

Si bien es cierto que sabemos de sobra que la memoria comienza a fallar con los años, es curioso darme cuenta que recordamos sólo aquello que queremos, o en otras palabras, olvidamos cosas que son importantes que sin embargo, no consideramos dignas de permanecer en nuestro cerebro. ¿Cual es el criterio de selección? No lo tengo claro. Lo que si es evidente, gracias al ejercicio de recorrer el pasado a través de lo que he escrito o conservado, es que voy dejando atrás situaciones o trozos de información que tal vez me resultaron dolorosas o incómodas por alguna razón que no recuerdo (!). La pescadilla que se muerde la cola…

Sin embargo, creo que es momento de retomar y mantener el sano hábito de escribir lo que me parece relevante, antes que la memoria lo haga pasar por su filtro implacable y simplemente deje de existir como parte de mi historia, que creo es digna de conservar para evitar el desagradecimiento o el simple hecho de repetir experiencias o centrarme únicamente en lo que me pasa ahora, dejando a un lado aquello del pasado que me ayudó a construir este presente que estoy viviendo.

 

Pequeños Grandes Problemas

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Imagen tomada de www.grandtourlombardia.it (Pittore Archives)

 

Es curioso ver que la vida es una interminable sucesión de situaciones, a las que nuestra mente y condicionamientos dan “tamaño” e “importancia” y que proporcionalmente, tienen la capacidad de influir sobre nuestro estado de ánimo y percepción del mundo que nos rodea.

Si nos fijamos bien, estamos inmersos en una cadena de acontecimientos relacionados unos con otros (así no nos lo parezca), de formas, colores y sabores diversos, que nos hacen subir y bajar una montaña rusa emocional que no tiene principio ni final. Es cierto que somos capaces, hasta cierto punto, de “manejar” o “dominar” estos cambios, según el entrenamiento o las experiencias que hayamos tenido, aunque lo cierto es que la famosa paz interior de la que tanto se habla no termina de llegar. De alguna manera creemos que el estado de equilibrio perfecto es la ausencia de situaciones que nos estresen o preocupen, y lo que vemos a medida que avanzamos en la vida, es que la verdadera solución o el enfoque más sano es aprender a navegar con el mar que haya en cada momento.

La conclusión a la que voy llegando, así me cueste aceptarla desde mi mente racional y “cuadriculada” es precisamente que la única zona del mar de la existencia donde hay un estado casi perpetuo de calma es en las profundidades. En la superficie siempre habrá olas sometidas a la acción de los elementos, haciendo su navegación y conocimiento algo muy complejo. Cómo gestionarlas? Eso depende de cada uno de nosotros. Podemos darle más o menos importancia y sobre todo, decidir si actuamos o no, si les prestamos atención o no. Lo único constante es que estas situaciones se seguirán repitiendo ad-nauseam hasta el último día. Así que o disfrutamos del paseo o sufriremos de mareo todo el tiempo gracias a un mar embravecido e impredecible que definitivamente no podemos controlar, sino sólo transitar.

La Vida o el Trabajo

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Imagen tomada de www.designyourway.net

 

Hoy, en una tranquila tarde de domingo dedicada a esos quehaceres rutinarios que sin embargo nos parecen agradables por poder hacerlos sin prisas ni agobios, abro el correo de la oficina para encontrarme con una noticia muy triste: uno de mis compañeros del trabajo, director de área, de unos 47 años, ha fallecido por un ataque cardiaco. Coincidencialmente, esta semana la conversación principal fue sobre esos “cantos de sirena” que contituyen la motivación de casi todas las personas: la fama, el dinero, el reconocimiento, el poder acumular o ser dueño de innumerables cosas materiales que a veces ni usamos o hemos olvidado que tenemos. Esa carrera sin fin para alcanzar una supuesta estabilidad que nunca llega, porque, recordando las palabras de un buen amigo y mentor, todos estamos a dos meses de la bancarrota.

¿De verdad creemos que vale la pena sacrificarlo todo por una determinada suma de dinero? ¿Por una casa? ¿Porque sea posible matricular a los hijos en un “buen” colegio? ¿Por poder viajar a sitios que no queremos conocer para gastar lo que no tenemos, queriendo “mostrarnos y presumir” ante gente a la que no le importamos? ¿Es así de importante sacrificar hasta la propia vida por una cuota de ventas? ¿Por satisfacer los intereses voraces e interminables de una organización para la que sus empleados son simplemente números en un centro de costos y sólo son apreciados por aquello que son capaces de vender?

El mundo material está lleno de distracciones en las que nos han hecho creer que encontraremos la felicidad y la paz interior que tanto anhelamos, sin embargo, a medida que pasa el tiempo, nos damos cuenta que nunca es suficiente, que algo falta, que hay siempre algo por hacer o por “recibir”, como si nuestra tranquilidad dependiera de lo que pasara fuera de nosotros mismos y sin darnos cuenta que vamos perdiendo las cosas más valiosas por el camino: la salud, la alegría, la capacidad de disfrutar, el tiempo de calidad con quienes apreciamos, nuestros sueños y anhelos… Y para colmo, la muerte por exceso de trabajo o estrés tiene un “halo” (!) de admiración, algo así como que quien ha dejado la vida en este plano “se esforzó hasta el último momento…” ¡Qué necedad! ¿Y que quedó al final? ¡Nada de nada!

Lo sé. En esta sociedad enloquecida en la que vivimos no hay tiempo para estas reflexiones inoficiosas. Total, es domingo por la tarde y mañana tendremos que volver a trabajar como todos los días, para olvidar dentro de poco al compañero fallecido, saludar a su reemplazo y seguir por la vida como si nada hubiese pasado.

El siguiente paso es aún más complicado. Si estas palabras (o algunas similares) nos han resonado, ¿haremos lo necesario por vivir de otra forma, sin tantos agobios ni prisas? ¿Nos atreveremos a dar un paso al costado y asumir que el tener una gran cantidad de dinero en la cuenta o propiedades sin fin tiene un costo muy elevado que no tenemos por qué asumir si no queremos? Aquí, creo yo, es donde comienza el verdadero trabajo de reflexión para que la muerte de esta persona, desconocida para ustedes, no haya sido en vano: no nos olvidemos de decidir!